Juguete Roto

Con un último solo de guitarra, Marcos, el guitarrista de La Escapada terminó de tocar su versión corta de Crazy Train de Ozzy Osborne. Era un tema bastante duro y él mismo sabía que las fiestas de distrito, donde la gente prefiere algo más bailable, no era el mejor sitio para marcarse un solo de guitarra de ese calibre. Normalmente el grupo hacía versiones de todo tipo de géneros, desde el rock al jazz, pasando por el pop e incluso atreviéndose con el reguetón o el trap. Cuando venían, la plaza del barrio se llenaba y los vecinos se animaban con todo. Por ese motivo el consistorio se aseguraba de contratarlos cada año. En las fiestas de primavera previas a la Feria de Abril, todo el mundo tenía muy buen humor y una enorme predisposición a pasarlo bien tras el invierno.

Allí estaba ella, mirando a la plaza desde un lateral de esta, sentada en el respaldo de un banco de metal de esos que encuentras en cualquier ciudad. Hacía un año que había tomado la decisión de mudarse a Bruselas y era la primera vez que volvía a Sevilla. La ruptura con Alberto la hundió, y ya que no tenía muchos proyectos a las orillas del Guadalquivir decidió probar suerte con sus números de baile flamenco fuera de España. Qué mejor que la capital de Europa para apostar por un nuevo comienzo.

Ensimismada en sus pensamientos pudo distinguir a Alberto entrando a la plaza por una de las bocacalles. Iba a acompañado de una chica. No la distinguía muy bien, pero estaba segura de que no era Violeta, la mujer por quien la dejó.

—Vaya, eso sí que es una sorpresa. Otra conquista.

A pesar del tiempo pasado, y de que ella había empezado una nueva vida en Bruselas, un sentimiento amargo la invadió. Recordó cómo lo sorprendió con Violeta en brazos, mientras esta última se apoyaba en un armario del piso que compartían. Al principio, ella disculpó su comportamiento después del incidente. Sin embargo, al poco tiempo no pudo con ello y cortó la relación cuando se dio cuenta de que se estaba devaluando como mujer y como ser humano arrastrándose detrás de él. Al mismo tiempo, él le lanzó mensajes de arrepentimiento mezclados con más desapariciones inexplicables que no hicieron sino empeorarlo todo.

Ciertamente, todo eso era el pasado y ya no se acordaba de él para nada en su día a día. Por eso no comprendía ese amargor que estaba sintiendo al recordar esa imagen del armario. Sintió asco, un asco que le daba ganas de vomitar en aquel banco. Un asco enorme de saber que le mintió diariamente regalándole el oído, aparentando una relación que no era tal, y todo eso mientras la engañaba con Violeta, su compañera de la compañía de baile.

—¡Qué asco! ¡No lo soporto! Pero ¿por qué ahora? Si estaba muy bien —se decía. Profundizó en su contrariedad. Ella tenía nuevas compañías allí en Bruselas, y su exótico aspecto para los norteños pálidos del centro de Europa la hacía tener bastante éxito. Además, había conocido personas muy interesantes en algún que otro local que frecuentaba. «Quizás son las fechas, ha pasado justo un año y es la primera vez que vengo», pensó mientras movía la rodilla arriba y abajo con nerviosismo dando golpecitos en el banco.

«¿Qué hago aquí? ¿Para qué he venido? En realidad, después de cerrar mi etapa en la compañía de baile no me quedan muchas amistades aquí, ninguna más bien, solo algún conocido. ¿Qué quería conseguir plantándome aquí para disfrutar de unas fiestas de las cuales no me siento parte? Quizás lo necesitaba, necesitaba ver que sentía si lo veía, cerrar por completo la historia, comprobar por mí misma que ya no siento nada bonito hacía él».

Seguidamente pensó en “eso” que Alberto tenía y como siempre se había sentido atraída por su seguridad, su energía a la hora de decidirse a hacer algo, su magnetismo animal que de algún modo la volvió loca. Se había dejado arrastrar por él. Desde el primer momento se entregó y dejó de pensar en lo que ella necesitaba para pasar a ver a través de los ojos y las necesidades de él. Recordaba cómo los compañeros del grupo la advirtieron casi a diario diciendo: “La Morena cuando aparece el Alberto taconea sin compás”, “Alberto es un jugador, te la va a liar. Todo el mundo lo conoce”, “¡Qué pesá con el Alberto, si es un pa’ná!”. Tuvieron toda la razón.

«Desde que me fui, me dije a mí misma que no me entregaría a otra relación nunca, y este último año solo he desconfiado de todos los hombres que he conocido. Dio igual si eran interesantes, atentos, o si me encendían más de la cuenta. Cuando empecé a ver que podía pasar un punto de no retorno y dejarme llevar… corté por lo sano y pasé a mantenerlos de meros conocidos».

De pronto, algo sacó a Priscila de sus pensamientos. Un alboroto se había formado cerca del escenario y varias personas discutían a gritos. Priscila arrugó los ojos un poco y sin lugar a duda reconoció a Violeta, la cual se encaraba con Alberto y con su acompañante que tenía la cara descompuesta. En un instante, Violeta lanzó una bofetada tremenda a la cara de Alberto que tuvo que dar un paso atrás para no caerse.

—¡Madre mía! Voy a acercarme un poco —dijo Priscila mientras se levantaba y se acercaba al corrillo de personas para quedarse en un segundo plano donde escuchaba sin que nadie pudiera reconocerla.

—¡Eres un malnacido! ¡¿Te creías que no me iba a enterar?! —le gritó Violeta. —Sabía que te traerías algo entre manos mientras yo me iba de viaje con la compañía. Por eso te mentí y volví antes. Y no me he equivocado, aquí estás engañando a otra más. Por su cara se ve que no le has dicho nada sobre mí.

Priscila pensó en ese momento que tenía gracia que Violeta se escandalizara de la situación, cuando ella había hecho algo parecido a sabiendas de que la perjudicada era Priscila misma, su compañera de baile durante años.

—Mira Violeta, le das demasiada importancia a las cosas, ni que estuviéramos casados o algo así —soltó Alberto casi sin inmutarse. La chica que lo acompañaba lo miró con un gesto de incredulidad, como si no creyera nada de lo que estaba pasando. —Lo hemos pasado bien este año, pero bueno realmente no estábamos tan bien, no pagues tus frustraciones conmigo —continuó mientras se tocaba la mejilla enrojecida. La acompañante se dio media vuelta y con una mirada de urgencia rompió el cerco de personas y se fue casi corriendo.

—Eh, pero ¡¿por qué te vas tú?! —gritó Alberto a la figura de la chica que desaparecía entre la gente. Obviamente no hubo respuesta.

—Eres un cabronazo, me has jodido bien. Vete al infierno. —sentenció Violeta para a continuación escupir al suelo delante de sus pies.

Violeta se fue a paso ligero dejando también el lugar y pasando a la vera de Priscila sin percatarse de su presencia. En el grupo de personas que habían sido testigos del espectáculo, se produjeron reacciones variadas. Algunos cuchichearon entre ellos, otros se rieron, y los más inmersos en la función soltaron onomatopeyas ante cada acto de los protagonistas.

Al cabo de un rato, Priscila se encontraba en una terraza tomando una copa de vino y le daba vueltas a lo que había visto. Qué razón tenían todos los que la advirtieron sobre Alberto, no se habían equivocado en nada. Hoy además se había superado. Había demostrado una falta de empatía hacía Violeta y la otra chica difícil de justificar en ningún contexto. ¡Qué ciega había estado!

Miró al cielo y sonrió. Dio un último sorbo a la copa de vino y se levantó de la mesa dejando algo de propina al camarero. Se sentía bien, ya tenía una respuesta a todas sus dudas. Se había dado cuenta de que él no merecía la pena, de que alguien así, humillaría a cualquier persona con tal de satisfacer su deseo de la semana. Ella en cambio sí valía la pena. Ahora tenía una vida con relativo éxito. Su carrera como bailaora en Bruselas iba viento en popa, y llenaba pequeños teatros que le reportaban los ingresos necesarios para vivir con suficiencia. Su círculo de amistades se había ampliado, así como su horizonte de pensamiento. Había aprendido francés, o al menos cada vez se defendía mejor, ya que no era fácil. Y ahora, por primera vez en un año no se sentía como un juguete roto. Estaba preparada para conocer a alguien o no, si se daba la ocasión. Sin prisas, pero sin frenos.

Volvía a Bruselas, volvía a contarle a la señora Barbieux, su madre en el extranjero, todo lo que había cambiado durante esta visita a Sevilla.

Recordando La isla[1] dijo mientras caminaba con paso decidido: —Aquí y ahora chica, aquí y ahora.


[1] La isla – Aldous Huxley. 1962

Comentarios

2 respuestas a «Juguete Roto»

  1. Avatar de amorentreestrellas

    Me ha parecido una entrada increíble. Nuevo seguidor. Muchas gracias! Un gran abrazo desde buenos aires.. el fin del mundo! jajaj

    1. Avatar de NMR

      Muchas gracias, me alegra que te haya gustado. Un saludo desde España.

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